miércoles, 10 de febrero de 2010

Arcilla Roja 10


Arcilla Roja 10
agradece y celebra:
Obra plástica y portada de Mark Becker
Poesía de Pedro Verdejo
Narrativa de Ernesto Núñez y Gabriel Moreno
Psicoanálisis de Javier Eduardo Guachalla
Ensayo fotográfico de Cosme Rada
Reportaje sobre Copenhague de Ana Luz Romero
(agradecemos a Jorge Fuentes por su gestión)
con fotos de Greenpeace (agradecemos a Raúl Estrada su gestión)
Ensayo sobre Foucault de Álvaro López Limón
Ensayo sobre ciencia de Alfonso Morales
Entrevista de Alma Alejandra Tapia con Mario Molina
Texto de Metzeri Rincón sobre el disco más reciente de Tom Waits...
Y mucha, mucha poesía...

domingo, 3 de enero de 2010

Amor y diálogo en 2010...




miércoles, 30 de diciembre de 2009

Adiós 2009:

País y mundo en frío de invierno,
días acumulados en sinsabores
que saben a luz y a fuerza que se apagan

País —gobierno—
que malbarata su grano más preciado

para favorecer las arcas de Monsanto

País sin maíz
hundido en los transgénicos
en un moderno cáncer
empantanado en la bolsa de valores

País que olvida sus masacres,
sus caídas cruentas:
machetes que se hunden en vientres embarazados

País que libera a los asesinos de 49 indígenas
y exime a los asesinos de 45 niños calcinados,
atrapados en la codicia de unos cuantos

Mundo que ve caer sueños incipientes
en insípidos actos sin sentido:
Premios Nobel que de Paz,
Obama,
de Paz en Afganistán, Obama,
no tienen nada

Mundo que sabe al intento fallido de Copenhague
y a una amenaza que se cierne en un monstruo
calcinante,
en nuestra médula ya de por sí que hierve

Mundo que sabe a sangre
sobre madera de Liberia,
que sabe a carne cercenada en África
para alimentar fábricas de celulares
y neurosis de mensajes sin sentido

Mundo que sabe a niños que reciben armas
en el tercer mundo
a cambio de alimentos
que no llegarán a vientres abultados de vacíos

Armas en Navidad a cambio de sueños sin futuro,
limbo colonizado por Repsol e Iberdrola
comiendo sangre de comunidades consumidas
saqueadas
devastadas


Te vas 2009
y nos dejas un 2010
para celebrar, país, nuestra Independencia
que se suma a deudas
para generaciones por venir
sin porvenir


2010 para celebrar, país, nuestro espíritu revolucionario
que se alimenta de teletones y novelones:
lobotomía posmoderna y somnífero perfecto
de tan voluntario


Pero aún así, te recibo, 2010,
recordando a Eliot,
con la certidumbre de que no espero regresar:
aquilatando el paso y el respiro

te recibo invocando a Whitman:
emitiendo mis alaridos por los techos del mundo
con la firme decisión
de no perder las ansias diarias
—como Whitman— de hacer de este
un viaje extraordinario

Un viaje, a pesar de todo, extraordinario
y hacia adentro: hacia lo simple y bello
—mío y del otro—
hacia la paciencia y la pasión

Así te ruego que sean tus días, 2010,
uno tras otro
—extraordinarios, plenos de paciencia y de pasión
para quienes
amo
tanto.

María Vázquez Valdez

jueves, 8 de octubre de 2009

ARCILLA ROJA 9

ARCILLA ROJA 9

viernes, 2 de octubre de 2009

ME LLAMO ROJO

...PINTAR ES RECORDAR LA OSCURIDAD

DE ORHAN PAMUK

No es lo mismo el ciego que el que ve, dice El Corán. Dice Me llamo Rojo que dice El Corán. Y es una premisa que da sentido a esta historia múltiple.

La pintura —forma y color— es protagonista: la tradición en un enjambre donde una hebra principal es la religión y otra el arte, y dan origen a una fórmula que tiene visos de novela histórica pero también de novela negra, y en última instancia, de historia de amor.

Una de sus características peculiares son los recursos narrativos, construidos de tal forma que la historia transcurre por medio de la voz de los personajes, que narran en primera persona piezas de una gran imagen que poco a poco se va construyendo, en un contexto que mezcla cimas y simas —esplendor decadente— del Imperio Turco en el siglo XVI.

En torno a la decisión del sultán de que una pintura lo inmortalice, surge la lucha de fuerzas: por un lado las prohibiciones de la ley islámica, por otro la pulsión de cuatro artistas de crear una gran obra. Para hacerlo trabajan en secreto, y uno de ellos es asesinado. Tres de ellos —Mariposa, Aceituna y Cigüeña— sobreviven.

Así, primero habla el muerto, que nos abre el umbral a toda la historia, narra su asesinato, caída y rompimiento en un pozo. Nos habla con claridad y desapego, pero con cierta nostalgia: “Porque cuando uno está aquí tiene la impresión de que la vida que ha dejado atrás sigue adelante como solía. Antes de que naciera había a mis espaldas un tiempo infinito”.

También habla al que llamaremos asesino. Poco a poco se perfila su identidad, nos da señales, pistas que van formando un retrato que se devela sólo al final: “Es exactamente la casa de un asesino (…) Ni siquiera tiene una alfombra de oración (…) Las cosas de alguien no sabe ser feliz”.

El Maestro Osman es un personaje breve pero fundamental: da todo el sentido histórico a la narración, explica cómo la caída del imperio otomano se llevó las antiguas formas en la pintura hasta traer otros estilos, cómo se transformó la pintura y su relación con los maestros francos de la época.

Así, “la pintura es silencio para la mente y música para los ojos”, en un contexto en el que “en realidad lo que han hecho los miles de ilustradores que han reproducido lentamente y de manera imperceptible la misma imagen a lo largo de los siglos ha sido la lenta e imperceptible conversión del mundo en otro”.

En un largo capítulo narrado por el Maestro Osman, quien fuera tutor de Negro, de Maese Donoso —el muerto— del Tío de Negro —y padre de Seküre, para entonces también asesinado— y de Mariposa, Aceituna y Cigüeña, los principales sospechosos, se plantea la transformación de la pintura: pintar lo que —creemos que— Dios ve, o pintar como vemos nosotros.

Pintar un ejército ordenado, de pie, de frente, para ilustrar una batalla, o pintar la batalla misma con su sangre, cuerpos deformados, dolor y caída. En última instancia es una cuestión de —temor de— Dios, de fe, de religión, que deriva en un tratar de detener el cambio inminente, las nuevas formas, la transformación: “Y así fue como se marchitó la rosa roja del entusiasmo por la ilustración y la pintura que llevaba un siglo floreciendo en Estambul inspirada por el país de los persas”.

Hay dos niños en la historia, hijos de Seküre: Sevket y Orhan, el más pequeño. Alter ego del autor, Orhan resulta finalmente el depositario de la historia. Ambos acompañan el luminoso hilo conductor: el amor constante y realizado tardíamente de Negro y Seküre.

Además de los maestros pintores, Esther la buhonera y el Tío, aparecen en forma intermitente, entre otros personajes, un árbol, el diablo, dos derviches, la Muerte, y por supuesto, el Rojo. Todos ellos hablan en torno a una inmersión en la pintura: “En realidad la gente no busca sonrisas en las pinturas de la felicidad, sino la propia felicidad de la vida. Los ilustradores lo saben, pero eso es algo que no pueden pintar. Así pues, sustituyen la felicidad de la vida por el gozo de la vista”.

En este adentrarse en la vista, tiene también su sitio aparentemente ominoso la ceguera, tanto interior en el caso del asesino, como la ceguera física con la que el célebre pintor Behzat se ciega, y que deslumbra al Maestro Osman en las salas del Tesoro. Ceguera ocasionada por algo tan nimio como una punta de alfiler de turbante: “la punta dorada del alfiler, cubierta por un líquido rosado, brillaba de vez en cuando a la rojiza luz del sol reflejada en las carcasas de oro, en las esferas de cristal de roca y en los diamantes de los rotos y polvorientos relojes”.

Pamuk nos dice que la ceguera “es el silencio (…). Es lo más profundo de la pintura, es ver lo que aparece en la oscuridad de Dios”. Entonces la ceguera es parte de la pintura, es antecedente de la imagen y el color: “Antes de la pintura sólo existía la oscuridad y después de la pintura sólo existirá la oscuridad. (…) Recordar es saber lo que se ha visto. Ver es saber sin recordar. Así pues, pintar es recordar la oscuridad”.

María Vázquez Valdez

La Luna y yo


En un destello se abrazan las formas
siluetas descienden como un solo cuerpo
distendido en sí
y girando

Un paisaje de mi alma
desdoblada y húmeda
encuentra en la Luna
mi silencio

oscuridad traspasada
aquí
por un incendio.

María Vázquez Valdez

martes, 29 de septiembre de 2009

LOS PASOS PERDIDOS

LOS PASOS PERDIDOS (DEL DESEO)
DE ALEJO CARPENTIER


María Vázquez Valdez

Los pasos perdidos tiene la tesitura de lo que es auténtico y también evanescente. En sus páginas, los pasos del que profundiza avanzan dentro y fuera y van desarmando de costras el mundo hasta llegar a una pulpa viva, palpitante. El que se descubre se encuentra —asombrado— en un camino cada vez más despojado pero exuberante. Desnudo de sí pero enriquecido.

El narrador no se describe a sí mismo y apenas traza su figura. De hecho ni siquiera nos da su nombre, como encarnando a un protagonista prescindible en cualquier historia. Un hombre agotado, desencantado, inmerso en un matrimonio monótono y con un vínculo superficial con una amante, que sin embargo le da el empujón definitivo para adentrarse en una aventura sin retorno.

Las tres mujeres de la historia sí son descritas, brevemente pero con precisión. Así Rosario, Mouche, Ruth: ángulos que coinciden en un triángulo que es el protagonista, que se aleja de una de ellas con otra, para descubrir a una más. Ellas también sintetizan la historia de él: pasado —Ruth—, presente —Mouche— y un futuro —Rosario— apenas degustado, con el sabor que deja un sueño demasiado real.

El llamado surge de manera inesperada pero tiene el peso de lo predestinado: “recuerdo esas gotas cayendo sobre mi piel en deleitosos alfilerazos, como si hubiesen sido la advertencia primera —ininteligible para mí, entonces— del encuentro. Encuentro trivial, en cierto modo, como son aparentemente todos los encuentros cuyo verdadero significado sólo se revelará más tarde, en el tejido de sus implicaciones”.

Sin escrúpulos —con la conciencia adormecida, como aceptará más tarde— él se entrega, no sin renuencia, a una encomienda que después lo confrontará consigo mismo: en la decisión de llevar instrumentos musicales falsos a cambio de unas vacaciones frívolas, llegan, sin forzar nada, los instrumentos originales, los verdaderos.

Así llega también, lentamente, la verdad del protagonista, su verdadero deseo, encubierto por una vida sin sentido. Un deseo que se va develando a cada paso, a cada metro de selva, sin deslumbrar, con el asombro sutil del que desciende lentamente hacia sí mismo.

En ese andar se va quedando atrás Ruth, como la remota obligación de la costumbre en una cúspide de fingimiento; así se queda Mouche, con el cuerpo despojado de afeites y el alma indefensa y hueca en medio de la selva. Así aparece Rosario, en la sencilla pulcritud del que está entero, ataviada por el contexto al que pertenece.

Ya en la travesía, y después de un primer umbral —un sorpresivo y brutal golpe de Estado—, se resquebraja la intención de él y de su amante. Ya entonces vislumbra que ella está ahí pero no está con él realmente. Ahí surge la primera pulsión, el deseo se asoma y delinea la decisión: ir a la selva.

Entonces comienza el descenso, aun contra la voluntad de Mouche. En el camino aparece Rosario, buscando un remedio para su padre. Él no puede evitar compararlas. Al principio las dos ganan y pierden en esa comparación: ante la aparente agilidad intelectual de Mouche, se abre paso una torpe Genoveva de Brabante en las manos de Rosario. Esa torpeza va poco a poco adueñándose también de Mouche en un escenario desconocido y hostil.

Las llamas oníricas que danzan anuncian fuegos fatuos que parecieran transportar consigo también las prostitutas andariegas que deslumbran a Mouche, y que le inducen una actitud que casi la lleva a la violación de Yannes, el griego.

La muerte del padre de Rosario, el encuentro con Fray Pedro de Henestrosa, el Adelantado y su Gavilán, el doctor Monsalvatje y los hermanos de Yannes y su casa, son elementos que van armando el camino, hasta que él le pide a Rosario que los acompañe, cuando la presencia de Mouche es cada vez más insoportable.

Luego que el protagonista descubre su infidelidad con Yannes, Mouche además enfrenta la golpiza de Rosario, y en medio del delirio por una picadura, también atestigua el encuentro amoroso, parteaguas definitivo. Engañada, se irá con Monsalvatje en una barca que la llevará a una venganza posterior —golpe que repercutirá en el destino.

Sólo un pequeño grupo se embarca para ir en pos no del oro, el máximo motor de la voluntad en esas tierras, sino al territorio de un sueño alcanzado por el Adelantado: una ciudad, donde el protagonista encontrará el desbordamiento. A Tu mujer entregada a él, la inspiración viva a borbotones, el perfil de un hijo en el deseo.

Pero después de que se anuncia en el leproso Nicasio y su muerte, rápida y cruenta, a manos de Marcos —quien también dará fin al futuro—, el pasado vuelve en la tentación de lo ausente, encubriendo cadenas y cerrojos en la pulsión de lo inmediato: un poco de papel para escribir música.

A pesar de los avisos y las señales, él cede y vuela nuevamente al espejismo. A pesar del cabello en forma de velo de viuda de Rosario, a pesar de la certidumbre de lo encontrado y de la ceguera ante lo que sería un paso definitivo hacia la pérdida.

En el regreso encontrará una mentira magnificada que lo incluye, pero es demasiado tarde: la verdad ha transformado todo intento de apariencia. Las deudas con el destino acabarán por despojarlo amargamente y entorpecer el regreso hasta el punto de dilapidar los pasos andados.

En una travesía por el Orinoco, en la provincia venezolana, nos acompañan personajes que, al final, Carpentier nos explica que sí existieron. En páginas llenas de contexto y frases construidas como en filigrana, Los pasos perdidos —publicada en 1953— podría ser la historia actual de cualquiera de sus personajes, de cualquier protagonista anónimo con deseos soterrados en la cotidianeidad, que encuentra la hendidura hacia sí mismo, pero que extravía el camino andado.

Y sin embargo, a pesar de la pérdida, permanece la resonancia que da sentido a estos pasos: “Un día, los hombres descubrirán un alfabeto en los ojos de las calcedonias, en los pardos terciopelos de la falena, y entonces se sabrá con asombro que cada caracol manchado era, desde siempre, un poema”.