domingo, 12 de marzo de 2017

Las uvas de la ira y su amarga vigencia




El viento eriza el polvo, que invade el aire que se respira, y hace imposible que las semillas germinen y que la vida florezca sin lluvia. El cielo es adverso y determina la pérdida gradual de los frutos de la tierra, y con su ausencia la pérdida de la tierra toda en manos del gran monstruo de metal que se cierne acechante, y cuyos tentáculos llegan desde un desalmado sistema económico hasta los rincones más apartados de un mundo que se desmorona.

Estamos en los tiempos de Las uvas de la ira, momentos aciagos que sobreviven a la Gran Depresión en Estados Unidos, en medio de la gran depresión real que va adueñándose de seres, familias, granjas marchitas, caminos atestados de grupos desposeídos por los bancos de lo único que tenían: un trozo de tierra cada vez más estéril, cada vez más acosado por un tiempo inclemente.

Las uvas de la ira, escrita por John Steinbeck en la década de 1930 —a más de ocho décadas de distancia y sin embargo profundamente vigente y ubicua— es la historia de una familia, los Joad, y también de un país entero en crisis. Es el éxodo de una familia, y también de un grupo numeroso que parte impulsado por un sueño ingenuo e inalcanzable, trampa del mismo sistema que se va engranando hasta succionar lo que sea posible, palmo a palmo, a favor de unos cuantos y a costa de la mayoría.

Tres generaciones de los Joad —los dos abuelos, los padres y el tío John, y los hijos, Noah, Tom, Rosasharn, Al, Ruthie y Winfield— parten del oeste de Oklahoma rumbo a los paraísos californianos retratados en amañados panfletos que logran su cometido: atraer a miles de desesperados emigrantes, capaces de trabajar por los sueldos más bajos a cambio de una cada vez más angustiada y urgente sobrevivencia.

La novela muestra con los tropiezos a los que se va enfrentando la familia, un contexto sociopolítico cruento, injusto, abusivo, y equidista con planteamientos ideológicos claros y bien estructurados, ambas cosas muy vigentes, y sin embargo no se diluye en la arenga política, y se va sustentando capítulo a capítulo con solidez verosímil, con la perseverancia firme de la tortuga del tercer capítulo que, a pesar de los obstáculos, vuelve una y otra vez a enfilarse con dirección al sur, con su casa a cuestas y sin importar los contextos más arduos.

John Steinbeck construye en Las uvas de la ira un armazón de personajes entrañables y al mismo tiempo pone las bases firmes de una novela histórica, retrata una realidad esculpida en el tiempo con un cincel innegablemente humano, donde el microcosmos que va pautando la historia de los Joad es en definitiva el macrocosmos no sólo de Estados Unidos en ese momento histórico, sino de la condición humana llevada a los extremos de la desesperación, pero también del florecimiento de los aspectos más enaltecedores y luminosos de la vida.

En los Joad tenemos bien perfilada la figura de los emigrantes, que sin embargo son innegablemente estadounidenses, con generaciones de predecesores bien anclados en su tierra, con los derechos inalienables en su momento fincados en el color de su piel blanca, en su nacionalidad innegable. Y sin embargo son los hombres y mujeres explotados, presa fácil de los hombres que son depredadores del hombre, los que tienen el dinero y persiguen las ganancias a costa del rechazo más ciego, la explotación más vil, la persecución más irracional. Porque hay una ceguera irracional diseminada en todos los contextos de esta historia, infestada por el miedo. El miedo que sienten los propietarios californianos ante hordas de grupos hambrientos, necesitados y desesperados, que a su vez encienden la mecha del miedo en los emigrantes que, antes ilusionados, se ven de pronto acosados, golpeados, maltratados, explotados hasta niveles inimaginables antes de su éxodo.

Y esta ceguera, este miedo que se van enquistando, anquilosando, son parte de uno de los paradigmas que sostiene Steinbeck en Las uvas de la ira: la verdad y su distorsión, la percepción errónea del otro, siempre en detrimento del que menos tiene, por medio de la cual se trasluce, en cada parte de la historia, un firme sentido ético.

Las uvas de la ira sorprende por su claridad, por muchos episodios conmovedores y a la vez profundamente realistas, por la capacidad de su autor de narrar con maestría desde una posición asumida con firmeza para esa y cualquier época, para esta época. Es una historia valiente, que se arriesga al rechazo que efectivamente tuvo Steinbeck en su momento, pues todavía estaba lejos de sus manos el Nobel, que obtuvo hasta la década de 1960. Es una historia que denuncia y a la vez argumenta y demuestra un contexto que se puede extrapolar a muchos episodios históricos de cualquier parte del mundo, y eso es lo que la hace tan actual. Porque Las uvas de la ira bien podría ser la historia de una familia de sirios o palestinos, obligados a huir en medio de la guerra, o de un grupo de mexicanos emigrantes expulsados por Trump esta semana, o una familia de sudamericanos tratando de llegar a la tierra prometida, viajando en “La Bestia” hasta encontrarse con los páramos atroces de Tijuana.

El libro está dedicado a Carol, que según Steinbeck deseó este libro, y también a Tom, que lo vivió. Y si ese Tom es el de nuestra historia, efectivamente, con él inicia todo, y su destino frente a nosotros lectores lo deja Steinbeck a la deriva. Sabemos de su valentía, y también que es el hijo predilecto y pródigo, fiero y fiel a la vez, y con él se va destejiendo el hilo conductor de la novela, hasta llegar a su clímax como personaje, y a su redención como emblema narrativo.

En el inicio, Tom encuentra en su oportuno regreso a casa desde la prisión al ex reverendo Jim Casy, cuya presencia profundiza el sentido ideológico de la historia. Casy es el hilo filosófico y la reflexión social, la conciencia que es capaz de inmolarse a favor de los otros, de disolverse a favor de la mayoría, el que afirma y se afirma sin temor a las consecuencias, lo más honestamente posible. El que pone a la religión y a Dios en su lugar en toda esta historia, descorre con respeto los velos de la ilusión y la ingenuidad de los otros, y atiende con paciencia y humanidad a los demás. Casy es el que ve mejor de todos. El que se da cuenta de que el abuelo está muriendo sin su tierra, el que predice su final en silencio y sin alarma. Es el que se entrega a cambio de Tom, con agradecimiento y sin egoísmo, y el que al final trata de mostrar a todos el engaño de los patrones, el que habla y encabeza, el que se inmola y trasciende. De él hereda Tom la conciencia, la visión y la capacidad de hacer algo por los otros aun a costa de su vida.

En el largo éxodo de ilusiones progresivamente deshilachadas que emprenden los Joad desde Oklahoma, la familia se va desgranando como mazorca. El primero que muere es el perro, augurando la salida a un mundo hostil e incomprensible para ellos, lleno de peligros antes desconocidos, y mortales. Luego se va el abuelo, en un fulminante ataque de desesperanza e impotencia; después Noah, el primogénito, que atravesado por un daño sin localización, pero irrefutable y decisivo, se va río abajo y sin mirar atrás. La abuela muere en medio del rudo cruce del desierto desde Arizona a California, casi en soledad y para ser enterrada entre los pobres. El reverendo Casy se entrega en un atroz Hooverville, y Connie, el marido de Rosasharn, desaparece cobardemente y sin despedirse de nadie, ni de su mujer embarazada.

La pesadilla alcanza un punto álgido en el Hooverville, donde pareciera concentrarse la miseria con más intensidad, la desesperanza del despojo, el daño irreversible. Los Joad escapan como pueden y justo a tiempo del infierno, literalmente en llamas, para ir a parar a un campamento del gobierno, donde encuentran un oasis repentino donde recuperan aunque sea provisionalmente su humanidad, son tratados como personas, y encuentran un sitio donde no son acosados ya como plaga, como animales nocivos que hay que exterminar o explotar hasta el máximo.

Pero el hambre y la falta del trabajo los empuja de nuevo a la carretera 66, esta vez hacia el norte, hasta caer en las garras de los explotadores de un campo de melocotones, engranaje final con la huelga encabezada por Casy. El buen olfato de Tom lo lleva hasta el nudo doloroso de la historia, que deriva en una nueva huida en la que los Joad encuentran un nuevo respiro, muy corto, en un campo de algodón, hasta que comienza a acechar nuevamente el hambre y la falta de trabajo.

Al llegar al desenlace de la historia llega una nueva catástrofe natural con la lluvia, y sus trágicas consecuencias llevándose toda posibilidad de trabajo y comida, y amenazando con enfermedades y muerte. Cuando parece que no puede haber nada peor, el único vendaje posible para evitar la inundación, idea de Padre, se rompe con la caída estrepitosa de un árbol, que materializa en toda su magnitud la tragedia última. Hacia el final, Steinbeck, en boca del tío John, abre una herida como denuncia fatal. El tío John, que apenas habla en la historia, cargando sus pesados pecados imaginarios, incapaz de levantar la cabeza, es el que reclama a la crueldad de todo el contexto, el que deja la evidencia al descubierto, el dolor encendido de la muerte, el pisoteo a la esperanza más honda en cualquier lugar, en cualquier raza.

El último en partir tras la catástrofe es el camión mismo, personaje central de la historia, hilo conductor literal, que queda inservible luego de la inundación. El camión simboliza la esperanza y también el caparazón de la tortuga, del tercer capítulo. Es protección y vehículo de las esperanzas y también de las posibilidades, el conducto de la fuga y el escondite, la herramienta fundamental del éxodo. Ya sin vehículo, sin los hijos mayores y varones, sin los abuelos, la familia pareciera a punto de ser apagada por un último soplido.

La Madre es el sostén, el faro, es Moisés en este exilio, abriendo el mar rojo de furia con su determinada decisión por sacar adelante a su familia, con su fogón inalterable y su paciencia interminable. Es ella la que decide, la que arrastra los despojos de lo que queda, sin saber a dónde ni por qué, tan sólo sabiéndolo. Padre le pregunta: ¿Cómo lo sabes? No lo sé, responde ella, simplemente lo sé.


Hacia el final, Steinbeck, que nos había llevado todo el tiempo por una carretera central, de pronto vira por un sendero y nos muestra una maravilla que engrandece lo que pareciera un suplicio sin redención. Porque es un acto redentor de toda la especie lo que cierra la novela, que pareciera escrita, toda ella, para ese momento final que enciende la vela de todas las esperanzas, poniendo una vez más, al descubierto, el brillo que no enceguece, el brillo que ilumina y da calor, el brillo de un sutil roce de la vida.

María Vázquez Valdez


John Steinbeck
Las uvas de la ira
Crítica
549 pp.

jueves, 12 de enero de 2017

El largo aliento de Dostoievski



La primera novela larga que escribió Fiodor Dostoievski fue publicada por primera vez en 1861 (cinco años antes que Crimen y Castigo), luego del exilio del escritor en Siberia, y ya tiene la consistencia de sus grandes obras.
Unízhenye i oskorblyónnye (Humillados y ofendidos) tiene un brillo que le guiña un ojo a Goethe y a su Fausto impregnado por Mefistófeles, y nos lanza de cabeza a una historia que no deja nada para sí en cuanto al perfil sicológico de los personajes. Incluso en algunos momentos es demasiado abrumadora la catarata de pensamientos inconexos, los febriles apegos, la desesperación de las perturbadas emociones humanas.
La palabra humillar viene del latín humiliare, y en sus múltiples acepciones implica doblar, abatir, herir a alguien, hacer bajar la cabeza, lastimar la dignidad. La palabra ofender, en algunos de sus significados, implica la humillación, y también la herida, el daño. Humillados y ofendidos es una cadena donde esas heridas se van eslabonando, con diferente intensidad, a veces mediante golpes sicológicos propinados con toda intención, mientras que otras veces resultan involuntarios, pero no por eso menos dolorosos.
En esta historia tenemos, entre muchos tipos de daño, el que se inflige sin querer y el totalmente voluntario. Pero el más doloroso pareciera ser el que se propina de manera involuntaria a los seres más amados. Esas parecen ser las heridas más terribles, las más imperdonables.
En Humillados y ofendidos una hija ofende a su padre por partida doble, generando dos columnas vertebrales que acaban por entretejerse en una sola, que se terminan dirimiendo y exculpando a partir de la inmolación de una niña, Nellie, el personaje más representativo de la historia, el más débil y el más fuerte, el que va dando las pautas y las explicaciones para el inicio y el final.
La madre de Nellie, aun muerta, redime a varios personajes por medio de su hija, y pone, con su historia, un espejo de conciencia frente al viejo Ijménev (padre de Natasha) ante la inminencia del dolor y la muerte, a partir del ejemplo extremo de su propio padre, el anciano Smith, personaje escalofriante con el que inicia la historia, preso de los años, la ofensa imperdonable de su hija, y finalmente la muerte trágica en la miseria total, física y espiritual.
El eje de la historia y narrador permanente, Iván Petrovich, es el testigo de las estocadas, y al mismo tiempo el que pareciera tener la obligación de curarlas. Es el que va y viene a toda velocidad de un personaje a otro, de una casa a otra, el que podría ser herido una y otra vez, pero por alguna razón resulta inmune, hasta de los ultrajes más directos, no sólo de Natasha (su amor platónico) o los Ijménev (su familia adoptiva), sino también de su rival, Aliosha (quien le exige una inocente hermandad), o del príncipe Valkovski, que lo elige como pivote para sus arteros planes.
Los distintos grados de intensidad en la humillación adquieren su paradoja en la perniciosa actitud del príncipe, que a pesar de la pérfida intención y la truculencia, no logran doblar del todo a los ofendidos, Natasha, Ijménev e incluso el mismo Vania, ni siquiera a su hija Nellie, quien muere con dignidad sin doblar la cabeza para pedir la ayuda de un padre que ocasionara su desgracia y la de su madre, y la de su abuelo. Y de paso también la desgracia de casi todos los demás personajes de la historia: Natasha, Vania, Aliosha y los Ijménev.
Finalmente, las triquiñuelas del príncipe resultan obvias para todos los personajes, y por lo tanto, de tan inicuas, se vuelven inocuas. Pero es otra la situación para los ofendidos por el amor, que es el que de verdad hiere y mata. El daño que Aliosha le propina a Natasha es tan determinante que casi la hunde en la muerte, aun desde su inocencia infantil y hasta desesperante, pues más que un hombre por el cual pelearan Katia y Natasha, pareciera una mascota por la cual deciden su dominio. Más que amantes de Aliosha, Katia y Natasha son en cierta forma madres de una marioneta movida por los hilos del príncipe, cuyas estocadas sí resultan mortales en casos donde estaba el amor de por medio, ya que es responsable directo de la muerte de Nellie, de su madre, su abuelo, y hasta del perro Azorka.
La estructura de los capítulos está resuelta con toda la fluidez de la narrativa de Dostoievski, aun cuando hacia el final hay una mezcla de episodios desmenuzados por separado que tratan de responder a una misma línea en el tiempo, que sin embargo resulta confusa en ciertos hechos narrados. Es como si Dostoievski, por medio de su personaje central, Iván Petrovich, tuviera prisa en llegar al final, como si se hubiera extendido demasiado en los prolegómenos, y de pronto tuviera que concluir su historia con determinada longitud, cuestión que quizá se explica por el hecho de que los capítulos fueron publicados primero en entregas periodísticas, para después reunirse en el volumen que conforma la novela.
Y sin embargo, la narración logra llegar al final con claridad y soltura, y aun cuando hay varias referencias religiosas y cauteriza las heridas eslabonadas por medio del perdón, la historia no se hunde en la moralidad, sino en el trazo definido de la humanidad inobjetable de los personajes. No hay, al final, el pago de culpas, ni siquiera del príncipe, el personaje más abyecto de la historia, quien al parecer termina por salirse con la suya al casar a su hijo con Katia, y resulta indemne luego de tanto episodio funesto. Al final todo se resuelve en el perdón, y en el personaje de Nellie, que resulta la exoneración personificada de todos, incluyendo la de su padre, el príncipe Valkovski.
Acerca de esta novela, Óscar Wilde destacaba “la nota de sentimiento personal, la realidad áspera de la experiencia auténtica”. Y sin duda, a partir de que el narrador es el propio Dostoievski, haciendo alusión una y otra vez a sus propias historias escritas y publicadas, y con referencias tácitas y explícitas a su condición como escritor, tenemos una novela narrada desde la experiencia propia, desde la emoción en carne propia, a ratos brutal, a ratos incomprensible y ridícula, y a veces profundamente entrañable y cercana. Porque más que una narración de hechos y episodios, tenemos una honda descripción de la psicología de los personajes.

Nietzsche decía que Dostoievski era “el único psicólogo del que tenía que aprender algo”. Y sí, esta novela nos muestra desnudo el pensamiento tras la acción de cada uno de los personajes, y nos involucra de lleno en un océano donde convergen tanto la humillación y la ofensa como el perdón y el amor. Un océano donde lo mismo surgen los sentimientos más bajos que la nobleza más alta y la dignidad más humana. Un océano en el que nadamos todos, y de cuya descripción tenemos aquí un admirable botón de muestra.


María Vázquez Valdez

Fiodor Dostoievski
Humillados y ofendidos
Alba Editorial
2011, 440 pp.

lunes, 1 de agosto de 2016

La soledad de los números primos, de Paolo Giordano

María Vázquez Valdez



Para algunas personas, los demás y el mundo en general pueden ser representados por un color, o por una textura. Quizá por un sabor o una imagen. Generalmente por medio de uno de los cinco sentidos. Para otros, casos excepcionales como el de Mattia Balossino —uno de los protagonistas de La soledad de los números primos— el mundo es una configuración de cifras, ángulos, distancias, velocidades, ecuaciones, e incluso el destino y el amor pueden ser explicados a partir de una naturaleza matemática y abstracta.

Los números primos explican para Mattia, en su singular colocación dentro de la arborescencia aritmética, cierta distancia irremediable, cierta coexistencia que sin embargo no permite el acercamiento, mucho menos la unión. Porque los números primos, especialmente los que se conoce como gemelos —tal como nos dice el autor por medio de su protagonista—, tienen como pareja otro número primo, pero están para siempre separados por otro número par situado entre ellos, como ocurre con el 11 y el 13, el 17 y el 19 o el 47 y el 49. Así, tenemos que los números primos están irremediablemente solos, y con ello llegamos al meollo central de esta novela.

Así como números primos que coexisten y se acompañan, pero no se unen, como líneas paralelas que avanzan a la misma velocidad, pero no equidistan, así Mattia y su coprotagonista, Alice, van cumpliendo su destino al unísono, encajando en una amalgama tan irremediable como infértil. Ambos encajan perfectamente como piezas de un rompecabezas profundamente orgánico, misteriosamente cortado con las tijeras del devenir y la casualidad. Incluso físicamente embonan con naturalidad en las aristas que un destino trágico talló en sus cuerpos desde la infancia. Así lo perciben sus compañeros en la fiesta de Viola Bai cuando los ven caminando juntos: la cojera de Alice se ve disminuida con el apoyo que le da el cuerpo de Mattia al jalarlo un poco, y la mano de él se encuentra protegida y oculta, con todas sus cicatrices —estigmas de autoflagelación— en la mano de Alice.

Pero esto ocurre mucho tiempo después de que sus vidas fueran determinadas por acontecimientos igualmente aciagos. Su encuentro ocurre ya en la adolescencia, en 1991, mientras que ambos enfrentaron sus tragedias personales años atrás: Alice con un accidente en la nieve que la dejó coja cuando tenía siete años, en 1983, y Mattia con la desaparición de su hermana gemela Michela, en 1984, y que le marcara con una honda culpa por abandonarla, traducida en cicatrices de aparición constante: renglones de una angustia soterrada.

Mattia y Alice tienen en común estos eventos trágicos derivados de una vida familiar disfuncional. Mattia con la responsabilidad creciente de su hermana gemela, con un retraso intelectual tan acentuado como la inteligencia de él —dos partes de una misma balanza que busca su equilibrio—, y Alice obligada por su padre a asumir una disciplina rígida para aprender a esquiar, y que la lleva a un accidente casi mortal, que sin embargo sí resultará definitivo en las dosis ínfimas de una anorexia permanente. Así, tienen en común también el resolver sus propias tragedias en el hacerse daño a sí mismos.

La aparición tan desafortunada como fortuita de Viola Bai en la vida de Alice la reúne circunstancialmente con Mattia. Ahí empieza la infructuosa pero inevitable relación entre ellos, su primer beso, a iniciativa de Alice, llama que surge de las cenizas de la culpa de Mattia por abandonar a su gemela. Y luego su larga separación de nueve años, el matrimonio de Alice con Fabio, y la vida de Mattia en el norte de Europa. Hasta que nuevamente Alice toma la iniciativa y le pide que vuelva, luego de que sospecha haber encontrado a Michela. Y sin embargo no pasa nada. Como no pasaría durante todos los encuentros y los capítulos compartidos. Apenas dos besos, unos cuantos impulsos sin resolver: los cortos brazos de los números primos que no les permiten unirse.
La narración tiene ciertas cualidades cinematográficas. La historia es bastante visual, y la descripción permite imaginarse con precisión las escenas y los personajes. La secuencia es claramente lineal, sin saltos hacia delante o atrás en el tiempo. Tampoco hay grandes disertaciones filosóficas entre los personajes, ni se plantean conceptos demasiado complicados. De hecho, con base en la novela, el director Saverio Constanzo filmó una cinta en 2010 con el mismo título.

Por otra parte, el libro juega en su estructura también con los números primos. Está dividido en siete partes —47 capítulos—, y constantemente es una inmersión en el mundo matemático y físico. Se trasluce la visión de físico teórico del propio Paolo Giordano, matizada en los pensamientos y reflexiones de Mattia.

Y también, quizá, tenemos no dos números primos en la figura de Mattia y Alice, sino tres números primos, que atienden a esta estructura. El tercer número primo sería, por supuesto, Michela. O también, quizá, tenemos una configuración de dos números primos tan gemelos como Mattia y Michela, separados para siempre —si es que Alice en verdad vio a Michela y no dijo nada a Mattia nunca— por un número par en la figura de Alice.

Sin duda el comienzo de la novela es brillante. Los dos primeros capítulos arrancan con fuerza y consistencia, y vaticinan un desarrollo vibrante con las trágicas circunstancias que enfrentan los protagonistas en su infancia. Sin embargo, la historia de pronto se estira demasiado, y le falta carne al esqueleto, sobre todo en lo que concierne a la época de la adolescencia. También resultan repetitivas ciertas cosas, como son algunos diálogos entre los protagonistas, la presión de Alice sobre Mattia, y las actitudes resignadas de éste. Algunas partes son también un poco pueriles, la relación entre ellos, o la pelea de Fabio y Alice en la cocina, y su relación misma. También lo es el carácter de ella, que pareciera no evolucionar en el tiempo, sino involucionar. Como la primera cena en casa de Fabio, y el tomate atorado en el inodoro, o el capítulo de la sesión de fotos en la boda de Viola Bai, que parecieran escenas que no van a ninguna parte.

Sin embargo, la novela tiene momentos y rasgos sobresalientes, metáforas concisas y efectivas, como cuando nos cuenta Giordano que Viola no apartaba la mirada de Alice, “que se encogía como una hoja de periódico en la lumbre”. O como cuando Alice se miraba el tatuaje con frecuencia, “Y siempre que lo hacía su entusiasmo se evaporaba un poco como agua de charco al sol de agosto”.

Finalmente la historia es fiel a su columna vertebral, aunque con ello sacrifique un destino halagüeño para los protagonistas, o deje al lector deseando más de esos encuentros, deseando más de esa fórmula inconclusa, incluso cuando tenemos la sentencia programada desde mucho antes del final: “el verdadero destino de los números primos es quedarse solos”.

Aunque tanto Mattia como Alice son conscientes de su capacidad de cambiar el devenir de las cosas, se dejan llevar con cierta mansedumbre por callejones sin salida ni retorno, como al final, cuando Mattia es plenamente consciente de que “La gente no perdía el tiempo, se aferraba a unas pocas casualidades y fundaba sobre ellas su existencia. Sí, lo había aprendido. Las decisiones se toman en unos segundos y se pagan el resto de la vida”. Lo había aprendido, y sin embargo sus decisiones habían sido, y seguirían fundadas hasta el final, en el no hacer nada, con esa aceptación resignada y permanente.


Al final, tanto entre Alice y Mattia como en la novela misma, se estira tanto el hilo que los unía, que acabaron “de extinguirse las invisibles fuerzas de campo que los habían mantenido unidos a través del aire”. El encuentro entre ellos, las posibilidades crepitando en una hoguera siempre a punto de ser encendida, terminan por evaporarse y desaparecer en la imposibilidad de que un número primo se divida entre (o dentro de) otro que no sea él mismo, y su propia soledad.

Paolo Giordano
La soledad de los números primos
Salamandra
España, 2011
288 pp.