viernes, 1 de febrero de 2013

POLO NORTE


 Texto y fotos: María Vázquez Valdez




POLO NORTE

Desde aquí
                 la belleza
                                   danza
en la opulencia de la soledad

Estepas heladas
donde la grandeza escribió
con grafía inaudita
mensajes blancos
en renglones que son arterias,
sinfonías que conocen bien
el significado de todo y siempre,
latidos inmaculados del planeta
musitando con una voz
efímera y
            también
perpetua.

Estos signos
están aquí
            mientras se fueron ya
hacia latitudes intocables.

Contienen el canto y el mensaje,
la luz y la luciérnaga,
el horizonte recostado
en todo su esplendor
como un gigante inalcanzable,
hijo de la tierra y el cielo
engendrado con cada vuelta
                                   inseminada
del sol,
ciclo donde el tiempo ovula
como una mujer fértil,
fecundada.

Aquí el cielo se sienta a meditar
sobre la tierra más pulcra,
la más extrema,
la más jugosa,
enceguecida por resplandores
de brisas gélidas
y pezones nevados,
acariciados sutilmente
por una luz inmensa,
enamorada.



domingo, 6 de enero de 2013

LA LLORONA


Poema: Margaret Randall


Traducción: María Vázquez Valdez

LA LLORONA

No me debe haber sorprendido.
La encontré
cerca de los bancos del San Antonio.

Ya sé, quizá pensabas que escogería
el Río Grande o el Colorado
para sus caminatas nocturnas:
ríos de fuerza y propósito,
dividiendo naciones o rugiendo
por el más grandioso cañón de todos.
Pero yo sabía
que ella prefería la belleza más íntima.
Me había preparado bien.

Casi no escuché su quejido susurrado
entre los gemidos de trenes de carga
asaltando la noche
en esa ciudad del sur de Texas.
Pensé que discernía una clave secundaria,
alta armonía a finales de septiembre,
y seguí el sonido
con libreta en mano
y con el afilado lápiz listo.

Alrededor de la curva se sentó sola,
perfil magnífico
escondido bajo el largo velo negro.
Me confundí al principio
con sombras de árbol en el aire callado.
Casi a medianoche,
y con ese maldito calor,
¿quién podría dormir?
Pensé que correría
pero se volvió
despacio hacia mí,
parecía resignada a hablar.

Gané su confianza: truco de historiadora oral
antes de que la simpatía calentara mi sangre,
y por un breve momento
sentí lo que ella sintió
tantos siglos antes.
Te importa si me siento, temblé,
y me dio a entender
que el desprecio es un compañero solitario:
a ella le gustaba la compañía.
Incluso las leyendas
tienen que soportar
la identificación errónea.

Temerosa de que se diluyera en el calor de Texas
empecé con preguntas
de las que sabía que mis lectores querrían respuestas:
¿Eras pobre pero hermosa?
¿Rica pero fea?
¿O personificabas otra combinación
de clase y magnetismo?
¿Él vino de lejos
o era alguien
con quien jugabas de niña? Ya sabes,
antes de que los papeles de género de la época
te mantuvieran aparte.

Y, respiré hondo, hablemos
sobre los niños
—sé que todavía debe ser doloroso—
pero no le demos rodeos,
la gente quiere saber.
¿Los ahogaste tú misma
o fue alguien más
quien te acusó del crimen?
¿Su padre? ¿Alguna otra autoridad?

Supe que rompía toda regla periodística
de imparcialidad estilo mundo libre
alimentando preguntas,
imponiendo valores del siglo XXI
a esa mujer del siglo XVII
que levantó una mano esbelta
y apartó su velo a un lado.
Una luna llena inundó su piel cobriza.
Los ojos que esperaba hinchados y rojos
perforaron los míos.

Tienes que entender, comenzó,
su voz era como el susurro
de mil grúas Sandhill,
teníamos pocas opciones cuando estaba viva.
Era el matrimonio
o pasar el resto de tus días
sirviendo a tu padre y hermanos.
Y sí, se inclinó hacia adelante,
su rostro casi tocaba el mío,
con el hedor rancio a hojas mojadas

penetrando mi nariz
mientras sostenía el cuaderno,
luchando por respirar,
por qué fingir otra cosa
después de todo este tiempo:
mi tipo de belleza no era alabado—
nariz y orejas grandes,
unas cuantas libras extra,
una sombra difusa sobre mi labio superior,
ojos que vieron demasiado.
Yo quería… no, no, olvida eso,
tuve que escapar o me habría vuelto loca.

Sé que la gente dice que estaba loca
pero fui una mujer con una vida
y no vivíamos tanto
en ese entonces,
una vida que no iba a gastar
con un hombre que sólo venía a casa
cansado de su última extravagancia
y siempre apestando a pulque,
cómo me hastió ese hedor nauseabundo.

Amé a mis dos niños, claro que los amé,
Benjamín y Ceferino,
sí, tenían nombres
y quiero que tú los pronuncies,
todos estos años y nadie se molestó en preguntar.
Amé a mis niños, y,
te diré ahora que traté de salvarlos,
entré en el río
aunque no sabía nadar,
luché hasta que el agua y los juncos
amenazaban con tirarme hacia abajo,
y miré la corriente llevarse sus cuerpos.

¿Por qué no proclama mi inocencia?
no esperé eso de usted,
la pensé más lista,
debe saber que podemos hablar y hablar
y ellos aún creen
sólo lo que encaja en las historias que escriben
para mantenernos bajo control.
Histérica, me habrían gritado
mentirosa o peor.
Historias escritas
mucho tiempo antes de mi tiempo
y no veo que nada haya cambiado demasiado.

¿Es suficiente? Se levantó
y dejó que su velo cayera
sobre su rostro difuminado,
se volteó con un gesto
de resignación o disgusto.
Pero quizá era algo en mis ojos.
Éramos dos mujeres hablando,
no perturbadas por la distancia
que separaba su tiempo del mío,
roles de historiadora e informante
olvidados ahora.

Me ofreció una última sonrisa
y vi una luz trémula
de simpatía
como si yo fuera la leyenda torcida
y ella la poeta
destinada a corregir la memoria.
Antes de que desapareciera del todo
entre el roble y la caoba estéril,
ella tocó mi mano.

Quizá en otros cien años, dijo,
si nuestra Madre no nos ha devorado a todos
y nos escupe al espacio para entonces.

Del libro The Rhizome as a field of broken bones
en proceso de traducción.

jueves, 20 de diciembre de 2012

PURGA: UN CUENTO SIN HADAS POSMODERNO


María Vázquez Valdez

Un día Cenicienta llega al bosque a buscar ayuda. Pero no es la Cenicienta inocente y púber que es engañada por su malvada madrastra. No, esta Cenicienta se llama Zara y es todo menos inocente. Así lo atestiguan los videos pornográficos que sus explotadores usan para extorsionarla.

Y como en todo cuento de hadas, aquí también tenemos a una bruja, en este caso llamada Aliide. Una anciana que habita en el bosque a donde Cenicienta llega a buscar ayuda. Pero como no todo es lo que parece —o más bien en el caso de este entramado de historias, todo es lo que parece y mucho más—, aquí la cuestión no comienza con el engaño de la inocente. Aquí es la joven la que engaña. Al menos al principio, en esta historia de la joven finlandesa Sofi Oksanen.

Aliide Truu, según su nombre de casada, es en efecto una bruja en muchos sentidos. De joven es asidua visitante de la hechicera del pueblo para obtener pócimas y conjuros que le permitan obtener su objeto de deseo: Hans Pekk —su cuñado—. Ya mayor, tiene la cocina llena de frascos con plantas y pócimas preparadas por ella misma. Pero más allá de esta derivación obvia de significados, tenemos que en efecto, Aliide Truu es una arpía en toda la extensión de la palabra.

Cinco años más joven que su hermana Ingel, Aliide es presa del pecado capital más subrepticio, el que se desliza en silencio con la lengua bífida del puñal desenvainado: la envidia.

Escribió Miguel de Unamuno que “la envidia es mil veces más terrible que el hambre, porque es hambre espiritual”. Si atendemos a ello, Aliide es una famélica espiritualmente hablando, y envidia a Ingel tanto que habita, desde pequeña, las cloacas del odio. Desde ahí es capaz de esparcir sus venenos de revancha durante décadas de vida insatisfecha y llegar a los parajes más abyectos. La envidia que siente por su hermana la convierte en mentirosa, artera, embustera, en una tía que maltrata y odia a su sobrina, en una cuñada enamorada para siempre de un imposible —que si fuera posible entonces no habría obsesión.

El deseo de Aliide por el marido de su hermana empieza incluso antes de que Ingel y Hans crucen la primera mirada. Pero Aliide no se prenda de Hans, sino del miedo a que éste elija a Ingel, la siempre perfecta, la que hasta por la ordeña de las vacas es premiada, la de la compota más sabrosa, la espigada de las trenzas olorosas a abedul.

Ese primer encuentro es la estocada de muerte para Aliide, que hará todo lo posible y lo imposible por separar a Ingel y a Hans, entregada al martirio de presenciar su noviazgo y su matrimonio, desde las recetas fallidas de la hechicera hasta su matrimonio con un hombre que la asquea pero que podría ayudarle a lograr lo que finalmente articula: la deportación de su rival.

Luego de casi tres lustros de echar sal en la herida, Aliide logra lo que siempre soñó: tener a Hans totalmente para ella sola. Encerrado en un escondite durante años, Hans se ve imposibilitado de ver a nadie más, de hablar con nadie, ni siquiera de salir de la casa. Es Aliide su único contacto una vez que Ingel es sacada por la fuerza de Estonia con su hija Linda.

Pero ni así Aliide logra el tan ansiado amor. No. El rechazo de Hans hacia Aliide no disminuye con las circunstancias, sino que se aviva poco a poco, tanto que ni siquiera es capaz de cruzar la mirada con ella, entre otras cosas porque descubre las cartas falseadas de Aliide haciéndose pasar por Ingel, en un escenario tan teatral que explica el origen de esta historia como puesta en escena.

A lo largo de la novela, Aliide lo intenta todo, frustrada usa todos sus recursos, está dispuesta a lo que sea por obtener su imposible amor edípico por Hans. Porque, ¿qué otra cosa podría ser el deseo imposible de satisfacer en el cual está involucrada su hermana, la perfecta, la que ella no podría ser nunca?

Derrotada, Aliide decide llegar al límite y deshacerse de Hans. Si no es con ella, no es. Punto. Ahí termina de bocetarse su perfil: una mujer insatisfecha y capaz de todo. De desaparecer a su hermana y a su sobrina, de matar a su amado, y que más tarde será capaz, sin ningún escrúpulo, de matar poco a poco, conscientemente, a su marido, Martin Truu, al negarse a darle yodo para evitar los efectos de la explosión nuclear de Chernobyl.

Esa mujer es la que recibe a Cenicienta en el bosque varias décadas después de la muerte de Hans e incluso de Martin, cuando a principios de los años noventa un día aparece una joven con la ropa hecha jirones y con señales de un pasado no muy grato.

Esa chica es Zara, y no es otra que la hija de Linda, y por lo tanto nieta de Ingel y Hans. Pero eso Aliide no lo sabe, pues Zara evita muy bien delatarse. Buscando refugio en su tía abuela, Zara no sospecha siquiera que esa mujer hubiera matado a su abuelo, y fuera en última instancia la artífice de su destino en Vladivostok, desde donde saltara de la sartén de la carencia al fuego de la prostitución y la explotación sexual más descarnada.

Porque Zara —como todos— es el reducto de su pasado. La suma de su madre, sus abuelos y su tía abuela, la síntesis de una situación política y social donde se mezclan la deportación, la delación, la huida, el miedo. Y así, como vomitada por el destino, un día llega “esa chica” al jardín estonio de Aliide a pedirle cuentas con su presencia, a descorrer los velos, descubrir la libreta de su abuelo Hans y al mismo tiempo mostrar lo que Aliide siempre hubiera querido en una descendiente y que nunca tuvo en su hija Talvi.

Zara es pues el resultado de los ingredientes de un conjuro de medio siglo de guerra, persecución y traición, pero no por eso tiene menos arrojo e inteligencia que sus antecesoras. Gracias a esa herencia logra escapar de los proxenetas Pasa y Lavrenti, sobreponerse al miedo aun a costa de volverse asesina del jefe de sus explotadores, y logra inmiscuirse en la cocina de Aliide e ir ganando su confianza.

Aliide se entera del engaño no por su perspicacia ni porque Zara tenga un destello de honestidad, sino por los propios Pasa y Lavrenti. Es la prueba de fuego para Aliide. ¿Qué hará esta mujer tan despiadada hasta con sus seres más amados? ¿Será capaz de proteger a la nieta de la hermana que ha odiado toda la vida?

Pocas páginas antes tenemos el único beso que da Aliide a Hans, casi inconsciente, antes de prácticamente emparedarlo hasta la muerte en su escondite. En efecto, no podemos creer tanta crueldad. Esta mujer capaz de todo bien podría vender a la nieta de su hermana, o matarla ella misma como a Hans.

Pero Aliide, como un logrado arquetipo, supera su propia prueba de fuego, y no sólo protege a Zara de sus proxenetas, sino que además la libera de su destino de asesina perseguida con la elocuencia digna de una heroína, al matar en su propio jardín, sin vacilar y con su propia pistola a los desalmados de quienes ya tenía ganada la confianza.

Aliide se libera de su aciago sino y logra lo que siempre quiso: yacer junto a Hans en su escondite, así fuera sepultada por las llamas y para siempre.

Hay que hablar de recursos narrativos. Son lo que podríamos llamar los flashbacks y los flashforwards lo que aquí impera. Empezamos con Hans en una especie de prólogo a finales de los cuarenta, y seguimos con Zara en lo que podría ser “el presente”, a principios de los noventa, y de pronto retrocedemos a finales de los cuarenta, con Hans encerrado en su escondite, luego vamos a los sesenta, con el matrimonio de Aliide y Martin, o a los treinta, cuando empieza la historia de las jovencitas Aliide e Ingel.

Este rompecabezas lleno de guiños se empeña en enfatizar su efectividad, pero a ratos se desgasta, sobre todo en la quinta parte de la novela, que francamente sale sobrando, así como en los monólogos de Hans, un tanto forzados e inverosímiles.

Volviendo a la historia, al final tenemos que todo es relativo e impermanente. Un amor a prueba de todo como el de Ingel y Hans es nublado por los celos y la envidia de Aliide; la explotación sexual de Zara y su cautiverio a prueba de escapes termina con los tiros de la pistola antigua de su tía abuela; la maldad de Aliide no es tal vista desde los ojos de la víctima abusada en un sótano que fuera ella misma una vez; y en última instancia, el odio de una hermana por la otra se transforma en la solidaridad con la propia sangre de los descendientes.

Todo es relativo, hasta el dolor por la buena fortuna del otro, como llamara Aristóteles a la envidia. Dolor en este caso por la felicidad de la hermana, del cual nace esta historia. Pero en la envidia como en la vida, el tiempo, con su eficaz escoba, es capaz de esparcir cualquier ceniza.